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martes, junio 02, 2009

"Los Justos", de Albert Camus

Acto Primero

En el piso de los terroristas. Por la mañana.

Se levanta el telón en silencio. Dora y Annenkov en escena, inmóviles. Se oye una vez el timbre de la entrada. Annenkov hace un gesto para detener a Dora que parece querer decir algo. El timbre suena dos veces seguidas.

- Annenkov: Es él.

(Sale. Dora aguarda, sin moverse. Annenkov vuelve con Stepan, a quien agarra por los hombros.)

- Annenkov: ¡Es él! Aquí está Stepan.

- Dora (se acerca a Stepan y le da la mano): ¡Qué alegría, Stepan!

- Stepan: Hola, Dora.

- Dora (le mira): Tres años ya.

- Stepan: Sí, tres años. El día que me detuvieron, iba a reunirme con vosotros.

- Dora: Te esperábamos. Pasaba el tiempo y cada vez se me encogía más el corazón. No nos atrevíamos ni a mirarnos.

- Annenkov: Tuvimos que cambiar de piso otra vez.

- Stepan: Lo sé.

- Dora: ¿Y allá, Stepan?

- Stepan: ¿Allá?

- Dora: ¿En la cárcel?

- Stepan: La gente se evade.

- Annenkov: Sí. Nos alegramos al enterarnos de que habías podido llegar a Suiza.

- Stepan: Suiza es otra cárcel, Boria.

- Annenkov: ¿Qué dices? Allá son libres, al menos.

- Stepan: La libertad es una cárcel mientras haya un solo hombre esclavizado en la tierra. Yo era libre y no dejaba de pensar en Rusia y sus esclavos.

(Silencio.)

- Annenkov: Me alegro mucho, Stepan, de que el partido te haya mandado aquí.

- Stepan: Era necesario. Me ahogaba. Actuar, actuar por fin... (Mira a Annenkov.) Lo mataremos, ¿verdad?

- Annenkov: Estoy seguro.

- Stepan: Mataremos a ese verdugo. Tú eres el jefe, Boria, y te obedeceré.

- Annenkov: No necesito tu promesa, Stepan. Somos todos hermanos.

- Stepan: Hace falta disciplina. Lo he comprendido en la cárcel. El partido socialista revolucionario necesita disciplina. Disciplinados mataremos al gran duque y destruiremos la tiranía.

- Dora (acercándose a él): Siéntate, Stepan, debes de estar cansado después de ese largo viaje.

- Stepan: Yo nunca me canso.

(Silencio. Dora se sienta.)

martes, mayo 05, 2009

"El Cazador Oculto", de J. D. Salinger

Estuve sin moverme como una hora, y al final decidí irme de Nueva York. Decidí no volver jamás a casa ni a ningún otro colegio. Decidí despedirme de Phoebe, decirle adiós, devolverle el dinero que me había prestado, y marcharme al Oeste haciendo autostop. Iría al túnel Holland, pararía un coche, y luego a otro, y a otro, y a otro, y en pocos días llegaría a un lugar donde haría sol y mucho calor y nadie me conocería. Buscaría un empleo. Pensé que encontraría trabajo en una gasolinera poniendo a los coches aceite y gasolina. Pero la verdad es que no me importaba qué clase de trabajo fuera con tal de que me nadie me conociera y yo no conociera a nadie. Lo que haría sería hacerme pasar por sordomudo y así no tendría que hablar. Si querían decirme algo tendrían que escribirlo en un papelito y enseñármelo. Al final se hartarían y ya no tendría que hablar el resto de mi vida. Pensarían que era un pobre hombre y me dejarían en paz. Yo les llenaría los depósitos de gasolina, ellos me pagarían, y con el dinero me construiría una cabaña en algún sitio y pasaría allí el resto de mi vida. La levantaría cerca del bosque, pero no entre los árboles, porque quería ver el sol todo el tiempo. Me haría la comida, y luego, si me daba la gana de casarme, conocería a una chica guapísima que sería también sordomuda y nos casaríamos. Vendría a vivir a la cabaña conmigo y si quería decirme algo tendría que escribirlo, como todo el mundo. Si llegábamos a tener hijos, los esconderíamos en alguna parte. Les compraríamos un montón de libros y les enseñaríamos a leer y escribir nosotros solos.

martes, abril 07, 2009

"La Tregua", de Mario Benedetti

Lunes, 25 de febrero

Me veo poco con mis hijos. Nuestros horarios no siempre coinciden y menos aún nuestros planes o nuestros intereses. Son correctos conmigo, pero como son, además tremendamente reservados, su corrección parece siempre el mero cumplimiento de un deber. Esteban, por ejemplo, siempre se está conteniendo para no discutir mis opiniones. ¿Será la simple distancia generacional lo que nos separa, o podría hacer yo algo más para comunicarme con ellos? en general, los veo más incrédulos que desanimados, más reconcentrados de lo que yo era a sus años.

Hoy cenamos juntos. Probablemente haría unos dos meses que no estábamos todos presentes en una cena familiar. Pregunté, en tono de broma, qué acontecimiento festejábamos, pero no hubo eco. Blanca me miró y sonrió, como para enterarme de que comprendía mis buenas intenciones, y nada más. Me puse a registrar cuáles eran las escasas interrupciones del consagrado silencio. Jaime dijo que la sopa estaba desabrida. “Ahí tenés la sal, a diez centímetros de tu mano derecha”, contestó Blanca, y agregó, hiriente: “¿Querés que te la alcance?” La sopa estaba desabrida. Es cierto, pero ¿Qué necesidad? Esteban informó que, a partir del próximo semestre, nuestro alquiler subirá ochenta pesos. Como todos contribuimos, la cosa no es tan grave. Jaime se puso a leer el diario. Me parece ofensivo que la gente lea cuando como con su familia. Se lo dije. Jaime dejó el diario, pero fue lo mismo que si lo hubiera seguido leyendo, una que siguió hosco, alunado. Relaté mi encuentro con Vignale, tratando de sumirlo en el ridículo para traer a la cena un poco de animación. Pero Jaime preguntó: “¿Qué Vignale es?” “Mario Vignale”. “¿Un tipo medio pelado, de bigote?” “El mismo”. “Lo conozco. Buena pieza -dijo Jaime-, es compañero de Ferreira. Bruto coimero”. En el fondo me gusta que Vignale sea una porquería, así no tengo escrúpulos en sacármelo de encima. Pero Blanca preguntó: “¿Así que se acordaba de mamá?” Me pareció que Jaime iba a decir algo, creo que movió los labios, pero decidió quedarse callado. “Feliz de él -agregó Blanca-, yo no me acuerdo.” “Yo sí”, dijo Esteban. ¿Cómo se acordará? ¿Como yo, con recuerdos de recuerdos, o directamente, como quien ve la propia cara en el espejo? ¿Será posible que él, que sólo tenía cuatro años, posea la imagen, y que a mí, en cambio, que tengo registradas tantas noches, tantas noches, tantas noches, no me quede nada? Hacíamos el amor a oscuras. Será por eso. Seguro que es por eso. Tengo una memoria táctil de esas noches, y ésa sí es directa. Pero ¿y el día? durante el día no estábamos a oscuras. Llegaba a casa cansado, lleno de problemas, tal vez rabioso con la injusticia de esa semana, de ese mes.

A veces hacíamos cuentas. Nunca alcanzaba. Acaso mirábamos demasiado los números, las sumas, las restas, y no teníamos tiempo de mirarnos nosotros. Donde ella esté, si es que está ¿Qué recuerdo tendrá de mí? En definitiva, ¿Importa algo la memoria? “A veces me siento desdichada, nada más que de no saber qué es lo que estoy echando de menos”, murmuró Blanca, mientras repartí los duraznos en almíbar. Nos tocaron tres y medio a cada uno.

martes, marzo 03, 2009

"Crimen y Castigo", de Fiodor Dostoievski

El Hombre extraordinario tiene derecho, no oficialmente, sino por sí mismo a autorizar a su conciencia a franquear ciertos obstáculos, en el caso de exigirlo así la realidad de su idea, que en ocasiones puede ser útil a todo el género humano. A mi manera de ver, si los inventos de Kepler y Newton, a consecuencia de determinadas circunstancias, no hubieran podido darse a conocer más que por el sacrificio de una, de diez, de cientos, o de un número mayor de vidas que hubiesen constituido un obstáculo para tales descubrimientos. Newton habría tenido derecho, más aún, habría tenido la obligación de suprimir esos diez o esos cien hombres para que su descubrimiento llegaran al conocimiento del mundo.

martes, febrero 03, 2009

"El Proceso", de Franz Kafka

Capítulo XVI. El Fiscal.

A pesar de los conocimientos psicológicos y de la experiencia adquirida durante su larga actividad bancaria, sus compañeros de tertulia siempre le habían parecido dignos de admiración y jamás negaba que para él suponía un gran honor pertenecer a un grupo semejante. Estaba constituido casi exclusivamente por jueces, fiscales y abogados; a algunos jóvenes funcionarios y pasantes se les admitía en la reunión, pero se sentaban al final de la mesa y sólo podían intervenir en los debates cuando se les preguntaba expresamente algo. Pero esas preguntas solían tener el único objetivo de divertir a la concurrencia: especialmente el fiscal Hasterer, habitual vecino de mesa de K, gustaba de avergonzar así a los jóvenes. Cuando ponía su gran mano peluda en el centro de la mesa, la extendía y miraba hacia el extremo, todos aguzaban los oídos. Y cuando uno de los jóvenes se adjudicaba la pregunta, pero o no podía descifrarla o se quedaba mirando la cerveza pensativo, moviendo las mandíbulas en vez de hablar, o —lo que era más enojoso defendía con un torrente de palabras una opinión falsa o desautorizada, entonces todos los señores volvían a acomodarse riendo en sus asientos y sólo a partir de ese momento parecían sentirse realmente a gusto. Las conversaciones serias y especializadas quedaban reservadas para ellos.

K había sido introducido en esa sociedad por el asesor jurídico del banco. Hubo un tiempo en que K tuvo que sostener largas entrevistas con ese abogado hasta muy tarde por la noche y se había adapta do a su costumbre de cenar en la tertulia, gustándole la compañía. Allí podía ver a eruditos, a hombres poderosos y de gran prestigio, cuya diversión consistía en intentar resolver cuestiones ajenas a la vida común. Aunque él podía intervenir muy poco, al menos disfrutaba de la posibilidad de acumular conocimientos, lo que más tarde o más temprano le procuraría ventajas en el banco. Además, podía conseguir importantes contactos personales con el mundo de la justicia, que siempre podían ser de utilidad. Pero también el grupo parecía tolerarle. Pronto fue reconocido como un experto en negocios y su opinión en esa materia —muchas veces emitida con ironía— resultaba irrefutable. Ocurría con frecuencia que dos personas, que juzgaban de manera diferente una cuestión jurídica, solicitaban a K su opinión, de tal modo que el nombre de K quedaba involucrado en todas las intervenciones, incluso en los análisis más abstractos, en los que K se perdía. No obstante, poco a poco iba comprendiendo las argumentaciones más complejas, pues contaba a su lado con el fiscal Hasterer, un buen consejero que le ayudaba amigablemente en esas cuestiones. Algunas veces K le acompañaba por la noche a casa, aunque no se podía acostumbrar a ir al lado de un hombre tan enorme, que le podría haber ocultado en los faldones de su abrigo.

A lo largo del tiempo se hicieron tan amigos que las diferencias de educación, de profesión y de edad desaparecieron. Hablaban entre ellos como si hubieran estado juntos desde siempre y, aunque en la relación a veces parecía que uno mostraba cierta superioridad, no era Hasterer, sino K el que quedaba algo por encima, pues sus experiencias prácticas le daban con frecuencia la razón, no en vano las había adquirido directamente, como nunca ocurre en un despacho judicial.

martes, enero 06, 2009

"A Través del Espejo", de Lewis Carroll

Capítulo V. Lana y Agua.

- Es una mermelada muy buena -dijo la Reina.

- Bueno, de todos modos hoy no me apetece.
- Hoy no la tendrías aunque quisieras -dijo la Reina-. La regla es: mermelada ayer, mermelada mañana... pero no hoy.
- Pero de vez en cuando debe haber «mermelada hoy» -objetó Alicia.
- No; no puede ser -dijo la Reina-. La mermelada toca al otro día; como comprenderás, hoy es siempre éste.
- No os comprendo -dijo Alicia-. ¡Lo veo horriblemente confuso!
- Es lo que pasa al vivir hacia atrás -dijo la Reina con afabilidad-: siempre produce un poco de vértigo al principio...
- ¡Vivir hacia atrás! -repitió Alicia con gran asombro-. ¡Jamás había oído nada semejante!
- Sin embargo, tiene una gran ventaja: la memoria funciona en las dos direcciones.
- Desde luego, la mía solo funciona en una -comentó Alicia-. No puedo recordar cosas antes de que hayan sucedido.

- Es mala memoria, la que funciona sólo hacia atrás -comentó la Reina.

martes, diciembre 02, 2008

"1984", de George Orwell

Durante unos cuantos segundos, Winston quedó paralizado. Luego torció a la derecha y anduvo sin notar que iba en dirección equivocada. De todos modos, era evidente que la joven lo espiaba. Tenía que haberlo seguido hasta allí, pues no podía creerse que por pura casualidad hubiera estado paseando en la misma tarde por la misma callejuela oscura a varios kilómetros de distancia de todos los barrios habitados por los miembros del Partido. Era una coincidencia demasiado grande. Que fuera una agente de la Policía del Pensamiento o sólo una espía aficionada que actuase por oficiosidad, poco importaba. Bastaba con que estuviera vigilándolo. Probablemente, lo había visto también en la taberna.

Le costaba gran trabajo andar. El pisapapeles de cristal que llevaba en el bolsillo le golpeaba el muslo a cada paso y estuvo tentado de arrojarlo muy lejos. Lo peor era que le dolía el vientre. Por unos instantes tuvo la seguridad de que se moriría si no encontraba en seguida un retrete público, Pero en un barrio como aquél no había tales comodidades. Afortunadamente, se le pasaron esas angustias quedándole sólo un sordo dolor.

La calle no tenía salida. Winston se detuvo, preguntándose qué haría. Mas hizo lo único que le era posible, volver a recorrerla hasta la salida. Sólo hacía tres minutos que la joven se había cruzado con él, y si corría, podría alcanzarla. Podría seguirla hasta algún sitio solitario y romperle allí el cráneo con una piedra. Le bastaría con el pisapapeles. Pero abandonó en seguida esta idea, ya que le era intolerable realizar un esfuerzo físico. No podía correr ni dar el golpe. Además, la muchacha era joven y vigorosa y se defendería bien. Se le ocurrió también acudir al Centro Comunal y estarse allí hasta que cerraran para tener una coartada de su empleo del tiempo durante la tarde. Pero aparte de que sería sólo una coartada parcial, el proyecto era imposible de realizar. Le invadió una mortal laxitud. Sólo quería llegar a casa pronto y descansar.

Eran más de las veintidós cuando regresó al piso. Apagarían las luces a las veintitrés treinta. Entró en su cocina y se tragó casi una taza de ginebra de la Victoria. Luego se dirigió a la mesita, sentóse y sacó el Diario del cajón. Pero no lo abrió en seguida. En la telepantalla una violenta voz femenina cantaba una canción patriótica a grito pelado. Observó la tapa del libro intentando inútilmente no prestar atención a la voz.

Las detenciones no eran siempre de noche. Lo mejor era matarse antes de que lo cogieran a uno. Algunos lo hacían. Muchas de las llamadas desapariciones no eran más que suicidios. Pero hacía falta un valor desesperado para matarse en un mundo donde las armas de fuego y cualquier veneno rápido y seguro eran imposibles de encontrar. Pensó con asombro en la inutilidad biológica del dolor y del miedo, en la traición del cuerpo humano, que siempre se inmoviliza en el momento exacto en que es necesario realizar algún esfuerzo especial. Podía haber eliminado a la muchacha morena sólo con haber actuado rápida y eficazmente; pero precisamente por lo extremo del peligro en que se hallaba había perdido la facultad de actuar. Le sorprendió que en los momentos de crisis no estemos luchando nunca contra un enemigo externo, sino siempre contra nuestro propio cuerpo. Incluso ahora, a pesar de la ginebra, la sorda molestia de su vientre le impedía pensar ordenadamente. Y lo mismo ocurre en todas las situaciones aparentemente heroicas o trágicas. En el campo de batalla, en la cámara de las torturas, en un barco que naufraga, se olvida siempre por qué se debate uno ya que el cuerpo acaba llenando el universo, e incluso cuando no estamos paralizados por el miedo o chillando de dolor, la vida es una lucha de cada momento contra el hambre, el frío o el insomnio, contra un estómago dolorido o un dolor de muelas.

Abrió el Diario. Era importante escribir algo. La mujer de la telepantalla había empezado una nueva canción. Su voz se le clavaba a Winston en el cerebro como pedacitos de vidrio. Procuró pensar en O'Brien, a quien dirigía su Diario, pero en vez de ello, empezó a pensar en las cosas que le sucederían cuando lo detuviera la Policía del Pensamiento. No importaba que lo matasen a uno en seguida. Esa muerte era la esperada. Pero antes de morir (nadie hablaba de estas cosas aunque nadie las ignoraba) había que pasar por la rutina de la confesión: arrastrarse por el suelo, gritar pidiendo misericordia, el chasquido de los huesos rotos, los dientes partidos y los mechones ensangrentados de pelo. ¿Para qué sufrir todo esto si el fin era el mismo? ¿Por qué no ahorrarse todo esto? Nadie escapaba a la vigilancia ni dejaba de confesar. El culpable de crimental estaba completamente seguro de que lo matarían antes o después. ¿Para qué, pues, todo ese horror que nada alteraba?

Por fin, consiguió evocar la imagen de O'Brien. «Nos encontraremos en el sitio donde no hay oscuridad», le había dicho O'Brien en el sueño. Winston sabía lo que esto significaba, o se figuraba saberlo. El lugar donde no hay oscuridad era el futuro imaginado, que nunca se vería; pero, por adivinación, podría uno participar en él místicamente. Con la voz de la telepantalla zumbándole en los oídos no podía pensar con ilación. Se puso un cigarrillo en la boca. La mitad del tabaco se le cayó en la lengua, un polvillo amargo que luego no se podía escupir. El rostro del Gran Hermano flotaba en su mente desplazando al de O'Brien. Lo mismo que había hecho unos días antes, se sacó una moneda del bolsillo y la contempló. El rostro le miraba pesado, tranquilo, protector. Pero, ¿qué clase de sonrisa se escondía bajo el oscuro bigote? Las palabras de las consignas martilleaban el cerebro de Winston: “La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”.

martes, noviembre 04, 2008

"El Pozo y el Péndulo", de Edgar Allan Poe

Por primera vez me di cuenta del origen de la luz sulfurosa que iluminaba la celda. Provenía de una grieta de media pulgada de anchura, que extendiese en torno del calabozo en la base de las paredes, que, de ese modo, parecían, y en efecto lo estaban, completamente separadas del suelo. Intenté mirar por aquella abertura, aunque como puede imaginarse, inútilmente. Al levantarme desanimado, se descubrió a mi inteligencia, de pronto, el misterio de la alteración que la celda había sufrido. Había tenido ocasión de comprobar que, aun cuando los contornos de las figuras pintadas en las paredes fuesen suficientemente claros, los colores parecían alterados y borrosos. Ahora acababan de tomar, y tomaban a cada momento, un sorprendente e intensísimo brillo, que daba a aquellas imágenes fantásticas y diabólicas un aspecto que hubiera hecho temblar a nervios más firmes que los míos. Pupilas demoníacas, de una viveza siniestra y feroz, se clavaban sobre mí desde mil sitios distintos, donde yo anteriormente no había sospechado que se encontrara ninguna, y brillaban cual fulgor lúgubre de un fuego que, aunque vanamente, quería considerar completamente imaginario. ¡Imaginario! Me bastaba respirar para traer hasta mi nariz un vapor de hierro enrojecido. Extendíase por el calabozo un olor sofocante. A cada momento reflejábase un ardor más profundo en los ojos clavados en mi agonía. Un rojo más oscuro se extendía sobre aquellas horribles pinturas sangrientas. Estaba jadeante; respiraba con grandes esfuerzos. No había duda con respecto al deseo de mis verdugos, los más despiadados, los más demoníacos de todos los hombres.

Me aparté lejos del metal ardiente, dirigiéndome al centro del calabozo. Frente a aquella destrucción por el fuego, la idea de la frescura del pozo llegó a mi alma como un bálsamo. Me lancé hacia sus mortales bordes. Dirigí mis miradas hacia el fondo. El resplandor de la inflamada bóveda iluminaba sus cavidades más ocultas. No obstante durante un minuto de desvarío, mi espíritu negóse a comprender la significación de lo que veía. Al fin, aquello penetró en mi alma, a la fuerza, triunfalmente. Se grabó a fuego en mi razón estremecida. ¡Una voz, una voz para hablar! ¡Oh horror! ¡Todos los horrores, menos ése! Con un grito, me aparté del brocal, y, escondido mi rostro entre las manos, lloré con amargura.

El calor aumentaba rápidamente, y levanté una vez más los ojos, temblando en un acceso febril. En la celda habíase operado un segundo cambio, y ése efectuábase, evidentemente, en la forma. Como la primera vez, intenté inútilmente apreciar o comprender lo que sucedía. Pero no me dejaron mucho tiempo en la duda. La venganza de la Inquisición era rápida, y dos veces la había frustrado. No podía luchar por más tiempo con el rey del espanto. La celda había sido cuadrada. Ahora notaba que dos de sus ángulos de hierro eran agudos, y, por tanto, obtusos los otros dos. Con un gruñido, con un sordo gemido, aumentaba rápidamente el terrible contraste.

En un momento, la estancia había convertido su forma en la de un rombo. Pero la transformación no se detuvo aquí. No deseaba ni esperaba que se parase. Hubiera llegado a los muros al rojo para aplicarlos contra mi pecho, como si fueran una vestidura de eterna paz. «¡La muerte! —me dije—. ¡Cualquier muerte, menos la del pozo!» ¡Insensato! ¿Cómo no pude comprender que el pozo era necesario, que aquel pozo único era la razón del hierro candente que me sitiaba? ¿Resistiría yo su calor? Y aun suponiendo que pudiera resistirlo, ¿podría sostenerme contra su presión? Y el rombo se aplastaba, se aplastaba, con una rapidez que no me dejaba tiempo para pensar. Su centro, colocado sobre la línea de mayor anchura, coincidía precisamente con el abismo abierto. Intenté retroceder, pero los muros, al unirse, me empujaban con una fuerza irresistible. Llegó, por último, un momento en que mi cuerpo, quemado y retorcido, apenas halló sitio para él, apenas hubo lugar para mis pies en el suelo de la prisión. No luché más, pero la agonía de mi alma se exteriorizó en un fuerte y prolongado grito de desesperación. Me di cuenta de que vacilaba sobre el brocal, y volví los ojos...

Pero he aquí un ruido de voces humanas. Una explosión, un huracán de trompetas, un poderoso rugido semejante al de mil truenos. Los muros de fuego echáronse hacia atrás precipitadamente. Un brazo alargado me cogió el mío, cuando, ya desfalleciente, me precipitaba en el abismo. Era el brazo del general Lasalle. Las tropas francesas habían entrado en Toledo. La Inquisición hallábase en poder de sus enemigos.

martes, octubre 28, 2008

"Diez Negritos", de Agatha Christie

Capítulo XVI.

Dos siglos pasaron. El mundo daba vueltas y desaparecía en la nada. El tiempo avanzaba. Millares de generaciones se sucedían.
No, solamente un minuto acaba de pasar. Dos seres humanos estaban de pie, junto a un cadáver, mirándole constantemente.
Despacio, muy despacio, Vera Claythorne y Philip Lombard levantaron la cabeza y sus miradas se cruzaron.

Lombard se echó a reír.
-¿Y qué dice usted ahora, Vera?
-No hay nadie en la isla, nadie más que nosotros dos -respondió en voz baja.
-Precisamente. Ahora sabemos a qué atenernos. ¿No es verdad?
-¿Cómo ha podido arrojarse por la ventana en el momento preciso el oso de mármol?
Lombard alzó los hombros en señal de ignorancia.
-Sin duda se trata de un caso de brujería.

¡No dirá que no ha sido bien realizado!
De nuevo sus ojos se encontraron y Vera pensó:
«¿Cómo no se me habrá ocurrido mirar bien su cara? Parece un lobo... con sus dientes largos y puntiagudos.»
Lombard profirió con una voz que semejaba un gruñido lleno de amenazas:
-Nos encontramos frente a la verdad, y es el final, ¿comprende?
Vera respondió con mucha calma:
-Sí, comprendo.
Su mirada paseose sobre el océano... el general MacArthur también había contemplado el mar durante mucho rato... ¿Cuándo era eso...? Ayer nada más... ¿No fue anteayer? El también pronunció la misma frase: «Esto es el fin...» y la profirió con resignación... hasta con alegría.
Pero Vera se sublevaba ante el recuerdo.
-No, no, esto no será el fin.
Bajando los ojos hacia el cadáver, murmuró:
-¡Pobre doctor Armstrong!
Lombard mofose:
-¿Qué significa eso ahora? ¿Piedad?
-¿Por qué no? -replicó Vera-. ¿Usted no siente ninguna piedad?
-En todo caso no la tengo por usted. ¡No lo piense!
La joven se inclinó hacia el cadáver y dijo:
-Hay que llevarlo a la casa.
-En compañía de los demás. Así todo estará en orden -dijo Lombard con ironía-. Yo no lo tocaré. Se puede quedar aquí.
-Lo menos que podemos hacer -dijo Vera- es subirle un poco más sobre las rocas, fuera del alcance de las olas de la marea alta, para que no se lo lleven.
Lombard se echó a reír.
-¡Bueno!
Se inclinó y tiró del cuerpo de él. Vera, para ayudarle, se apoyó en su compañero. Consiguieron, tras grandes esfuerzos, sacar el cuerpo y ponerlo en el nivel superior de las rocas, al abrigo de las olas.
Lombard se enderezó y dijo a su compañera:
-Estará usted satisfecha, ¿no?
-Sí, perfectamente.

El tono de voz que empleó hizo volverse a Lombard. Cuando llevó la mano al bolsillo del revólver notole vacío.
Habiendo retrocedido dos pasos, Vera tenía el revólver en su mano.
Lombard dijo con aire burlón:
-¿Es por eso por lo que quería ser piadosa? ¿Se propuso robarme el revólver?
Vera asintió con la cabeza, pero su mano sujetaba con firmeza la pistola.
Ahora rondaba la muerte alrededor de Lombard. Jamás la sintió tan cerca. Sin embargo, no se declaró vencido. Con voz autoritaria le ordenó:
-Devuélvame el revólver.
Vera, a su vez, se echó a reír.
-Ande, devuélvamelo -insistió Lombard.
Su cerebro funcionaba con lucidez. ¿Qué haría? ¿Hablaría cariñosamente a Vera para desvanecer sus temores o quitárselo por sorpresa?

Toda su vida había escogido el riesgo. Esta vez también adoptó su método favorito.
Calmoso y decidido a usar argumentos convincentes, le dijo:
-Escúcheme, querida amiga, escuche bien...
En ese momento se abalanzó sobre ella... tan rápido como la pantera...
Instintivamente Vera apretó el gatillo.
El cuerpo del joven, herido en pleno salto, cayó pesadamente sobre las rocas.
Vera se acercó revólver en mano, dispuesta a tirar por segunda vez.
Pero esta precaución fue inútil...
Philip Lombard estaba muerto... de una bala en el corazón.

martes, septiembre 02, 2008

"Los Borgia", de Mario Puzo

Libro II - Capítulo IV. El asesinato del duque de Gandia.

El 14 de junio de 1497, la víspera de Cesare y la salida de Giovanni Borgia para Nápoles, su madre Vannozza les dio una cena de despedida en su viñedo hermoso en Trastevere. Además de los dos invitados de honor varios otros parientes y amigos estaban presentes, entre quien eran el Cardinal de Monreale y Giuffredo jóven Borgia. Ellos permanecieron en la cena hasta una hora avanzada de la noche, cuando Cesare y Giovanni tomaron su salida, asistida sólo por unos criados y un hombre misterioso en una máscara, quien había venido a Giovanni mientras él estaba en la mesa, y el que casi cada día para aproximadamente un mes había estado en el hábito de la visita a él en Vaticano.

Los hermanos y estos asistentes montaron juntos en Roma y por lo que el palacio del Rector Ascanio Sforza en el Cuarto Ponte. Aquí Giovanni dibujó la rienda, e informó a Cesare que él no volvería a Vaticano solamente aún, como él primero "iba en otra parte a divertirse". Con esto él tomó su permiso de Cesare, y, con una excepción sola - además del hombre en la máscara - despidieron a sus criados. El éste siguió su camino de vuelta con el cardinal, mientras el Duque, tomando al hombre en la máscara sobre el crupper de su caballo y siguió a su asistente solo, girado y se largó en la dirección del cuarto judío.

Por la mañana esto fue encontrado que Giovanni aún no había vuelto, y sus criados difíciles informaron al Papa de su ausencia y de las circunstancias de ello. El Papa, sin embargo, nada fue alarmado. Explicando la ausencia de su hijo de manera tan obviamente sugerido por las palabras de partida de Giovanni a Cesare en la noche anterior, él asumió que el Duque alegre joven estaba sobre una visita a alguna señora satisfecha y que en este momento él volvería.

Más adelante, sin embargo, las noticias fueron traídas que su caballo había sido encontrado flojo en las calles, en la vecindad del Cardinal del palacio de Parma, con sólo un cuero estribo, el otro claramente teniendo el corte de la silla, y, al mismo tiempo, esto fue relacionado que el criado quien lo había acompañado después de que él se había separado del resto había sido encontrado al amanecer en el Piazza della Giudecca mortalmente herido y más allá del discurso, expirando pronto después de su retiro a una casa vecina.

La extensión despertadora por Vaticano, y el Papa deseoso ordenó preguntas ser hecha en cada cuarto donde era posible que algo pudiera ser aprendido. Estaba en la respuesta a estas preguntas con el que un barquero del Schiavoni - un Giorgio de nombre - avanzó la historia de que él había visto en la noche del miércoles. Él había pasado la noche a bordo su barco, en guardia sobre la madera de la que ella fue cargada. Ella fue amarrada a lo largo del banco que corre del Puente de Sant' Angelo a la Iglesia de Santa Maria Nuova.

Él relacionó esto en sobre la quinta hora de la noche, justo antes del amanecer, él había visto a dos hombres surgir de la calle estrecha junto al Hospital de Girolamo San, y el soporte sobre el borde del río en el punto donde esto era habitual para los limpiadores de descargar su para rechazar carros en el agua. Estos hombres habían mirado con cuidado sobre, como si asegurarse que ellos no eran observados. No viendo a nadie en movimiento, ellos hicieron un signo, con lo cual un hombre bien montado sobre un hermoso caballo blanco, sus talones armados con espuelas de oro, montó a caballo de aquella misma calle estrecha. Detrás de él, sobre el crupper de su caballo, Giorgio contempló el cuerpo de un hombre, la cabeza que cuelga en una dirección y las piernas en el otro. Este cuerpo fue apoyado allí por dos otros hombres a pie, quien anduvieron de todos lados del jinete.

Llegado el borde del agua, ellos giraron los cuartos traseros del caballo al río; entonces, tomando el cuerpo entre ellos, dos de ellos lo balancearon bien de en la corriente. Después del chapoteo, Giorgio había oído al jinete preguntarse si ellos habían lanzado bien en el medio, y lo habían oído recibir la respuesta afirmativa - "Signor, Si". El jinete entonces sentó la exploración del rato superficial, y en este momento indicó una flotación de objeto oscura, que demostró ser la capa de su víctima. Los hombres lanzaron piedras en ello, y tan lo hundieron, con lo cual ellos dieron vuelta, y todos los cinco se marcharon como ellos habían venido.

Tal es la historia del barquero, como relacionado en el Diarium de Burchard. Cuando el Papa lo había oído, él preguntó al muchacho por qué él inmediatamente no había ido a dar el aviso de que él había atestiguado, al que este Giorgio contestó que, en su tiempo, él había visitado cien cuerpos lanzados en el Tiber sin alguna vez alguien preocupando para saber algo sobre ellos.

Esta historia y la ausencia continuada de Gandia lanzaron al Papa en un frenesí de aprehensión. Él ordenó la cama del río ser buscado el pie al pie. Algunos cientos de barqueros y pescadores consiguieron trabajar, y sobre aquella misma tarde el cuerpo del Duque funesto de Gandia fue criado en una de las redes. Él no sólo completamente fue vestido - como debía haber sido esperado de la historia de Giorgio - pero sus guantes y su monedero que contiene treinta ducats estaban todavía en su cinturón, como era su daga, la única arma la que él había llevado; las joyas sobre su persona, también, eran todo intactas, que lo hizo en abundancia despejarse aquel su asesinato no era el trabajo de ladrones.

Sus manos todavía eran atadas, y había de diez a catorce heridas sobre su cuerpo, además del que su garganta había sido cortada.

martes, agosto 05, 2008

"El Misterio del Cuarto Amarillo", de Gastón Leroux

Capítulo XXVII. Donde Joseph Rouletabille aparece en toda su gloria.

Hubo un alboroto terrible. Se oyeron gritos de mujeres que se sentían mal. No hubo ninguna consideración por la majestad de la justicia. Fue un revuelo descontrolado. Todo el mundo quería ver a Joseph Rouletabille. El presidente gritó que iba a hacer evacuar la sala, pero nadie lo oyó. Entretanto, Rouletabille saltó por encima de la balaustrada que lo separaba del público sentado, se abrió camino a codazos, llegó junto a su director, que lo abrazó con efusión, tomó su carta de las manos de aquel, la deslizó en su bolsillo, penetró en la parte reservada de la sala y llegó así hasta el estrado de los testigos, empujado, empujando, el rostro como una esfera escarlata que iluminaba todavía más la chispa inteligente de sus grandes ojos redondos. Tenía ese traje inglés que le había visto la mañana de su partida -¡pero en qué estado, mi Dios!- el abrigo en el brazo y la gorra de viaje en la mano. Y dijo:

-Pido disculpas, señor presidente, ¡el transatlántico se retrasó! Vengo de Norteamérica. Soy Joseph Rouletabille.

Estalló una carcajada. Todos estábamos felices con la llegada de ese muchacho. A todos nos parecía que acababan de quitarnos un inmenso peso de encima. Respirábamos. Teníamos la certeza de que realmente traía la verdad... de que nos haría conocer la verdad...

Pero el presidente estaba furioso.

-¡Ah! Usted es Joseph Rouletabille... -repitió el presidente-. Y bueno, le enseñaré, jovencito a no burlarse de la justicia... En espera de que el tribunal delibere sobre su caso, y en virtud de mi poder discreional, queda usted a disposición de la justicia.

-Pero, señor presidente, eso es precisamente lo que pido: estar a disposición de la justicia... He venido a ponerme a disposición de la justicia... Si mi entrada ha armado un poco de revuelo, le pido disculpas al tribunal... Crea, señor presidente, que nadie respeta la justicia más que yo..., pero entré como pude...

Se echó a reír y todo el mundo rió.

-¡Llévenselo! -ordenó el presidente.

Pero el letrado Henri-Robert intervino. Empezó por disculpar al joven, mostró que estaba animado de los mejores sentimientos, hizo comprender al presidente que difícilmente se podía prescindir de la declaración de un testigo que había dormido en el Glandier durante toda la semana misteriosa, de un testigo, sobre todo, que pretendía demostrar la inocencia del acusado y aportar el nombre del asesino.

-¿Va a decirnos el nombre del asesino? -preguntó el presidente, agitado pero escéptico.

-Pero, señor presidente, ¡si no he venido nada más que para eso! -dijo Rouletabille.

En la sala estuvieron a punto de aplaudir, pero los enérgicos ¡shh! de los ujieres restablecieron el silencio.

-Joseph Rouletabille -dijo el letrado Henri-Robert- no está citado oficialmente como testigo, pero espero que, en virtud de su poder discrecional, el señor presidente esté dispuesto a interrogarlo.

-¡Está bien! -dijo el presidente-, lo interrogaremos. Pero terminemos de una vez...

El fiscal se incorporó:

-Tal vez sería mejor -observó el representante del ministerio público- que este joven nos diga de inmediato el nombre de quien él denuncia como asesino.

El presidente aceptó con una irónica reserva:

-Si el señor fiscal le otorga alguna importancia a la declaración del señor Joseph Rouletabille, no veo inconveniente en que el testigo nos diga de inmediato el nombre de su asesino.

Se hubiera oído volar una mosca.

Rouletabille se calló, mirando con simpatía al señor Robert Darzac, quien, por primera vez desde el comienzo del debate, mostraba una expresión agitada y llena de angustia.

-Y bien -repitió el presidente-, lo escuchamos, señor Joseph Rouletabille. Esperamos el nombre del asesino.

Rouletabille buscó tranquilamente en el bolsillo de su chaleco, sacó un enorme reloj de bolsillo, miró la hora y dijo:

-Señor presidente, recién podré decirle el nombre del asesino a las seis y media. ¡Todavía nos quedan cuatro largas horas por delante!

En la sala se oyeron murmullos de asombro y desilusión. Algunos abogados dijeron en voz alta:

-¡Se burla de nosotros!

El presidente parecía estar encantado; los letrados Henri-Robert y André Hesse estaban molestos.

El presidente dijo:

-Esta broma ha durado bastante. Puede retirarse, señor, a la sala de los testigos. Queda a nuestra disposición.

Rouletabille protestó:

-¡Le aseguro, señor presidente -gritó con su voz aguda y chillona-, le aseguro que, cuando le haya dicho el nombre del asesino, comprenderá que no podía decírselo sino a las seis y media! ¡Palabra de honor, hombre! ¡Palabra de Rouletabille!... Pero, mientras esperamos, puedo darle algunas explicaciones sobre el asesinato del guardabosque... El señor Frédéric Larsan, quien me vio trabajar en el Glandier, puede decirle con qué cuidado estudié todo este caso. Por más que tenga una opinión contraria a la suya y afirme que al hacer detener al señor Robert Darzac hizo detener a un inocente, no duda de mi buena fe, ni de la importancia que es preciso acordarle a mis descubrimientos, que a menudo corroboraron los suyos.

martes, julio 29, 2008

"El Oso y El Dragón", de Tom Clancy

Capítulo IV. Sacudiendo el pomo.

No importaba en qué ciudad o país se encontrara uno, se dijo Mike Reilly a sí mismo. El trabajo de la policía era siempre el mismo. Uno hablaba con posibles testigos, con posibles implicados y con la víctima. Aunque en esta ocasión no hablaría con la víctima. Grisha Avseyenko nunca volvería a hablar. El patólogo asignado al caso comentó que no había visto semejante desastre desde su período de uniforme en Afganistán. Pero era de esperar.

El lanzacohetes utilizado había sido concebido para perforar carros blindados y búnkers de hormigón, que era más difícil que destruir un vehículo privado destinado al transporte de pasajeros, aunque se tratara de un coche tan caro como el alcanzado en la plaza Dzezhinskiy. Eso significaba que las partes del cuerpo eran difíciles de identificar. Resultó que las muelas empastadas de media mandíbula bastaron para determinar con gran certeza que el fallecido era efectivamente Gregoriy Filipovich Avseyenko, como confirmarían más adelante las pruebas de ADN (así como el grupo sanguíneo, que también coincidía).

Ningún fragmento del cuerpo era lo suficientemente grande para su identificación; la cara, por ejemplo, había desaparecido por completo, así como el antebrazo izquierdo, en el que llevaba un tatuaje. Su muerte había sido instantánea, declaró el patólogo, después de guardar los fragmentos examinados en un recipiente de plástico, que a su vez se introdujo un una caja de roble, probablemente para su posterior incineración, después de que la milicia moscovita comprobara si existía algún pariente y averiguara sus intenciones respecto a los restos mortuorios. El teniente Provalov suponía que se optaría por la incineración. Además de ser el método más fácil, rápido y limpio, también era más barato encontrar un lugar de reposo para una pequeña caja o una urna, que para un ataúd con un cadáver en su interior.

martes, junio 03, 2008

"El Sabueso de los Baskerville", de A. C. Doyle

Capítulo XII. Una muerte en el páramo.

Permanecí unos momentos sin poder respirar, creyendo apenas a mis oídos. Luego recobré el uso de los sentidos y de la voz, y experimenté la sensación de que me quitaban del alma en un instante un peso aplastador de responsabilidad. Aquella voz fría, incisiva, irónica solo podía pertenecer a un hombre en el mundo.

- ¡Holmes! -exclamé-. ¡Holmes!

- Salga usted y tenga cuidado con el revólver -me dijo.

Me agaché para pasar por debajo del tosco dintel y me lo encontré sentado fuera, en una piedra; sus ojos grises bailoteaban divertidos al posarse en mi cara de asombro. Estaba enjuto y fatigado, pero alerta y despierto, y su cara expresiva había sido bronceada por el sol y curtida por los vientos. Con su traje de mezcla y gorra de paño se parecía a cualquiera de los turistas que visitan el páramo, y con el gusto gatuno por la limpieza personal que constituía una de sus características, se las había ingeniado para tener la cara tan bien rasurada y la ropa tan impecable como si estuviera en Baker Street.

- En mi vida me alegré tanto de tropezarme con una persona -le dije, y le di un apretón de manos.

- Ni se asombró tanto, ¿verdad?

- No tengo más remedio que reconocerlo.

- Pues yo le aseguro a usted que no ha sido usted solo el sorprendido. No me imaginaba que hubiese descubierto mi refugio pasajero, y menos aún me imaginaba que estuviese dentro, hasta que llegué a veinte pasos de la puerta.

- Descubriría usted mis pisadas, ¿verdad?

- No, Watson; creo que no podría comprometerme a distinguir las huellas de sus pies entre todas las demás del mundo. Si de veras quiere usted despistarme, es preciso que cambie de tabaquería; cuando veo una punta de cigarrillo con la marca Bradley. Oxford Street, ya sé que mi amigo Watson anda por los alrededores. Puede ver usted la colina allí, junto al sendero. Sin duda que la tiró en el momento supremo, cuando se dispuso abalanzarse hacia la choza desocupada.

- Exactamente.

- Eso creí yo, y conociendo su magnífica tenacidad, me convencí de que estaba usted emboscado con un arma al alcance de la mano, esperando el regreso del inquilino. ¿De modo que pensó usted, en efecto, que era yo el criminal?

- Yo ignoraba quién era usted, pero estaba resuelto a averiguarlo.

- ¡Excelente, Watson! Y ¿cómo se las arregló para localizarme? ¿Me vio quizá la noche que perseguían al presidiario, y que yo cometí la imprudencia de permitir que la luna se levantase a espaldas mías?

- Sí, lo vi entonces.

- ¿Y habrá, sin duda, registrado todas las chozas hasta dar con esta?

- No; alguien había observado la presencia de su muchacho, y eso me dio la pauta de dónde tenia que investigar.

- Sin duda que fue el viejo del telescopio. La primera vez que observé el reflejo de la luz sobre los cristales de los focos no pude caer en la cuenta de qué se trataba.

Se puso en pie y echó un vistazo al interior de la choza.

- ¡Ajá! Veo que Cartwirght ha traído algunas provisiones. ¿Qué papel es este? De modo que ha ido usted a Coombe Tracey, ¿verdad?

- Si.

- ¿A visitar a la señora Laura Lyons?

- Exactamente.

- ¡Bien hecho! Veo que nuestras investigaciones han seguido líneas paralelas, y cuando juntemos nuestros resultados, yo espero que habremos conseguido una visión completa del caso.

- Bueno, me alegro de todo corazón de que usted se encuentre aquí; le aseguro que la responsabilidad y el misterio estaban resultando ya excesivos para mis nervios. Pero, por vida de todo lo asombroso, ¿cómo fue a venir usted a este lugar y qué ha estado haciendo? Yo lo hacia a usted en Baker Street desenredando el caso de chantaje.

- Eso quería yo que usted se imaginase.

- ¡De modo que me emplea como instrumento y, sin embargo, no tiene confianza en ml! -exclamé con cierta amargura-. Yo creo, Holmes, que merezco que me trate mejor.

- Querido amigo mío, en este caso, lo mismo que en otros muchos, me ha resultado usted de un valor inapreciable, y le ruego que me perdone si he hecho como que le jugaba una mala pasada. A decir verdad, lo hice en parte por usted mismo, y la comprensión del peligro que usted corría me empujó a venir y examinar el asunto por mis propios ojos. Si yo hubiese estado junto a usted y a sir Enrique, es evidente que mi punto de vista habría sido el mismo que el de ustedes, y mi presencia habría servido de advertencia a nuestros formidables adversarios para que se mantuviesen en guardia. Haciendo lo que he hecho he podido ir y venir de una manera que me habría sido imposible de haberme hospedado en el palacio, y quedo como un factor incógnito del asunto, listo para intervenir con todo mi peso en el momento critico.

- Y ¿cómo ha sido el mantenerme a mi en la ignorancia?

- El que usted lo hubiese sabido no nos ayudaba en nada, hubiera quizá traído como consecuencia el que yo hubiese sido descubierto. Usted habría sentido el deseo de contarme algo, o, llevado de su amabilidad, me habría traído algo para mí mayor comodidad, con lo que habríamos corrido un riesgo innecesario. Me traje conmigo a Cartwright, ya recordará, al muchachito de las Mensajerías Express, y él ha cuidado de atender a mis sencillas necesidades: una hogaza de pan y un cuello de camisa limpio. ¿Qué más necesita un hombre? Me ha proporcionado además un par extra de ojos encima de un par de pies activísimos, y tanto unos como otros me han sido inapreciables.

- ¡Según eso, todos mis informes no han servido de nada!

Me temblaba la voz al recordar el trabajo que me había tomado y el orgullo con que los había compuesto.

- Sus informes están aquí, querido amigo, y muy manoseados además, se lo aseguro. Lo dispuse todo perfectamente, y solo me han llegado con un día de retraso. No tengo más remedio que felicitarlo con gran encomio por el celo y la inteligencia que ha demostrado en un caso extraordinariamente difícil.

Yo estaba todavía algo amoscado por el engaño de que me había hecho objeto, pero el calor de los elogios de Holmes barrió el enojo de mi alma. Además, comprendí, allá en mi corazón, que había obrado bien en lo que decía y que era realmente mejor para nuestros propósitos el que yo ignorase que él se encontraba en el páramo.

domingo, mayo 11, 2008

"Dracula", de Bram Stoker

Capítulo II - Del diario de Jonathan Harker (continuación).

5 de mayo. Debo haber estado dormido, pues es seguro que si hubiese estado plenamente despierto habría notado que nos acercábamos a tan extraordinario lugar. En la oscuridad, el patio parecía ser de considerable tamaño, y como de él partían varios corredores negros de grandes arcos redondos, quizá parecía ser más grande de lo que era en realidad. Todavía no he tenido la oportunidad de verlo a la luz del día.

Cuando se detuvo la calesa, el cochero saltó y me ofreció la mano para ayudarme a descender. Una vez más, pude comprobar su prodigiosa fuerza. Su mano prácticamente parecía una prensa de acero que hubiera podido estrujar la mía si lo hubiese querido. Luego bajó mis cosas y las colocó en el suelo a mi lado, mientras yo permanecía cerca de la gran puerta, vieja y tachonada de grandes clavos de hierro, acondicionada en un zaguán de piedra maciza. Aun en aquella tenue luz pude ver que la piedra estaba profusamente esculpida, pero que las esculturas habían sido desgastadas por el tiempo y las lluvias. Mientras yo permanecía en pie, el cochero saltó otra vez a su asiento y agitó las riendas; los caballos iniciaron la marcha, y desaparecieron debajo de una de aquellas negras aberturas con coche y todo.

Permanecí en silencio donde estaba, porque realmente no sabía que hacer. No había señales de ninguna campana ni aldaba, y a través de aquellas ceñudas paredes y oscuras ventanas lo más probable era que mi voz no alcanzara a penetrar. El tiempo que esperé me pareció infinito, y sentí cómo las dudas y los temores me asaltaban. ¿A qué clase de lugar había llegado, y entre qué clase de gente me encontraba? ¿En qué clase de lúgubre aventura me había embarcado? ¿Era aquél un incidente normal en la vida de un empleado del procurador enviado a explicar la compra de una propiedad en Londres a un extranjero? ¡Empleado del procurador! A Mina no le gustaría eso. Mejor procurador, pues justamente antes de abandonar Londres recibía la noticia de que mi examen había sido aprobado; ¡de tal modo que ahora yo ya era un procurador hecho y derecho!

Comencé a frotarme los ojos y a pellizcarme, para ver si estaba despierto. Todo me parecía como una horrible pesadilla, y esperaba despertar de pronto encontrándome en mi casa con la aurora luchando a través de las ventanas, tal como ya me había sucedido en otras ocasiones después de trabajar demasiado el día anterior. Pero mi carne respondió a la prueba del pellizco, y mis ojos no se dejaban engañar. Era indudable que estaba despierto y en los Cárpatos. Todo lo que podía hacer era tener paciencia y esperar a que llegara la aurora.

En cuanto llegué a esta conclusión escuché pesados pasos que se acercaban detrás de la gran puerta, y vi a través de las hendiduras el brillo de una luz que se acercaba. Se escuchó el ruido de cadenas que golpeaban y el chirrido de pesados cerrojos que se corrían. Una llave giró haciendo el conocido ruido producido por el largo desuso, y la inmensa puerta se abrió hacia adentro. En ella apareció un hombre alto, ya viejo, nítidamente afeitado, a excepción de un largo bigote blanco, y vestido de negro de la cabeza a los pies, sin ninguna mancha de color en ninguna parte. Tenía en la mano una antigua lámpara de plata, en la cual la llama se quemaba sin globo ni protección de ninguna clase, lanzando largas y ondulosas sombras al fluctuar por la corriente de la puerta abierta. El anciano me hizo un ademán con su mano derecha, haciendo un gesto cortés y hablando en excelente inglés, aunque con una entonación extraña:

-Bienvenido a mi casa. ¡Entre con libertad y por su propia voluntad!

No hizo ningún movimiento para acercárseme, sino que permaneció inmóvil como una estatua, como si su gesto de bienvenida lo hubiese fijado en piedra. Sin embargo, en el instante en que traspuse el umbral de la puerta, dio un paso impulsivamente hacia adelante y, extendiendo la mano, sujetó la mía con una fuerza que me hizo retroceder, un efecto que no fue aminorado por el hecho de que parecía fría como el hielo; de que parecía más la mano de un muerto que de un hombre vivo. Dijo otra vez:

-Bienvenido a mi casa. Venga libremente, váyase a salvo, y deje algo de la alegría que trae consigo.

La fuerza del apretón de mano era tan parecida a la que yo había notado en el cochero, cuyo rostro no había podido ver, que por un momento dudé si no se trataba de la misma persona a quien le estaba hablando; así es que para asegurarme, le pregunté:

-¿El conde Drácula?

Se inclinó cortésmente al responderme.

-Yo soy Drácula; y le doy mi bienvenida, señor Harker, en mi casa. Pase; el aire de la noche está frío, y seguramente usted necesita comer y descansar. Mientras hablaba, puso la lámpara sobre un soporte en la pared, y saliendo, tomó mi equipaje; lo tomó antes de que yo pudiese evitarlo. Yo protesté, pero él insistió:

-No, señor; usted es mi huésped. Ya es tarde, y mis sirvientes no están a mano. Deje que yo mismo me preocupe por su comodidad.

Insistió en llevar mis cosas a lo largo del corredor y luego por unas grandes escaleras de caracol, y a través de otro largo corredor en cuyo piso de piedra nuestras pisadas resonaban fuertemente. Al final de él abrió de golpe una pesada puerta, y yo tuve el regocijo de ver un cuarto muy bien alumbrado en el cual estaba servida una mesa para la cena, y en cuya chimenea un gran fuego de leños, seguramente recién llevados, lanzaba destellantes llamas.

El conde se detuvo, puso mis maletas en el suelo, cerró la puerta y, cruzando el cuarto, abrió otra puerta que daba a un pequeño cuarto octogonal alumbrado con una simple lámpara, y que a primera vista no parecía tener ninguna ventana. Pasando a través de éste, abrió todavía otra puerta y me hizo señas para que pasara. Era una vista agradable, pues allí había un gran dormitorio muy bien alumbrado y calentado con el fuego de otro hogar, que también acababa de ser encendido, pues los leños de encima todavía estaban frescos y enviaban un hueco chisporroteo a través de la amplia chimenea. El propio conde dejó mi equipaje adentro y se retiró, diciendo antes de cerrar la puerta:

-Necesitará, después de su viaje, refrescarse un poco y arreglar sus cosas. Espero que encuentre todo lo que desee. Cuando termine venga al otro cuarto, donde encontrará su cena preparada.

La luz y el calor de la cortés bienvenida que me dispensó el conde parecieron disipar todas mis antiguas dudas y temores. Entonces, habiendo alcanzado nuevamente mi estado normal, descubrí que estaba medio muerto de hambre, así es que me arreglé lo más rápidamente posible y entré en la otra habitación. Encontré que la cena ya estaba servida. Mi anfitrión estaba en pie al lado de la gran fogata, reclinado contra la chimenea de piedra; hizo un gracioso movimiento con la mano, señalando la mesa, y dijo:

-Le ruego que se siente y cene como mejor le plazca. Espero que usted me excuse por no acompañarlo; pero es que yo ya comí, y generalmente no ceno.

Le entregué la carta sellada que el señor Hawkins me había encargado. Él la abrió y la leyó seriamente; luego, con una encantadora sonrisa, me la dio para que yo la leyera. Por lo menos un pasaje de ella me proporcionó gran placer: "Lamento que un ataque de gota, enfermedad de la cual estoy constantemente sufriendo, me haga absolutamente imposible efectuar cualquier viaje por algún tiempo; pero me alegra decirle que puedo enviarle un sustituto eficiente, una persona en la cual tengo la más completa confianza. Es un hombre joven, lleno de energía y de talento, y de gran ánimo y disposición. Es discreto y silencioso, y ha crecido y madurado a mi servicio. Estará preparado para atenderlo cuando usted guste durante su estancia en esa ciudad, y tomará instrucciones de usted en todos los asuntos".

El propio conde se acercó a mí y quitó la tapa del plato, y de inmediato ataqué un excelente pollo asado. Esto, con algo de queso y ensalada, y una botella de Tokay añejo, del cual bebí dos vasos, fue mi cena. Durante el tiempo que estuve comiendo el conde me hizo muchas preguntas acerca de mi viaje, y yo le comuniqué todo lo que había experimentado.

Para ese tiempo ya había terminado la cena, y por indicación de mi anfitrión había acercado una silla al fuego y había comenzado a fumar un cigarro que él me había ofrecido al mismo tiempo que se excusaba por no fumar. Así tuve oportunidad de observarlo, y percibí que tenía una fisonomía de rasgos muy acentuados.

Su cara era fuerte, muy fuerte, aguileña, con un puente muy marcado sobre la fina nariz y las ventanas de ella peculiarmente arqueadas; con una frente alta y despejada, y el pelo gris que le crecía escasamente alrededor de las sienes, pero profusamente en otras partes. Sus cejas eran muy espesas, casi se encontraban en el entrecejo, y con un pelo tan abundante que parecía encresparse por su misma profusión.

La boca, por lo que podía ver de ella bajo el tupido bigote, era fina y tenía una apariencia más bien cruel, con unos dientes blancos peculiarmente agudos; éstos sobresalían sobre los labios, cuya notable rudeza mostraba una singular vitalidad en un hombre de su edad. En cuanto a lo demás, sus orejas eran pálidas y extremadamente puntiagudas en la parte superior; el mentón era amplio y fuerte, y las mejillas firmes, aunque delgadas. La tez era de una palidez extraordinaria.

Entre tanto, había notado los dorsos de sus manos mientras descansaban sobre sus rodillas a la luz del fuego, y me habían parecido bastante blancas y finas; pero viéndolas más de cerca, no pude evitar notar que eran bastante toscas, anchas y con dedos rechonchos. Cosa rara, tenían pelos en el centro de la palma. Las uñas eran largas y finas, y recortadas en aguda punta. Cuando el conde se inclinó hacia mí y una de sus manos me tocó, no pude reprimir un escalofrío. Pudo haber sido su aliento, que era fétido, pero lo cierto es que una terrible sensación de náusea se apoderó de mí, la cual, a pesar del esfuerzo que hice, no pude reprimir. Evidentemente, el conde, notándola, se retiró, y con una sonrisa un tanto lúgubre, que mostró más que hasta entonces sus protuberantes dientes, se sentó otra vez en su propio lado frente a la chimenea. Los dos permanecimos silenciosos unos instantes, y cuando miró hacia la ventana vi los primeros débiles fulgores de la aurora, que se acercaba. Una extraña quietud parecía envolverlo todo; pero al escuchar más atentamente, pude oír, como si proviniera del valle situado más abajo, el aullido de muchos lobos. Los ojos del conde destellaron, y dijo:

-Escúchelos. Los hijos de la noche. ¡Qué música la que entonan!

Pero viendo, supongo, alguna extraña expresión en mi rostro, se apresuró a agregar:

-¡Ah, sir! Ustedes los habitantes de la ciudad no pueden penetrar en los sentimientos de un cazador.

Luego se incorporó, y dijo:

-Pero la verdad es que usted debe estar cansado. Su alcoba esta preparada, y mañana podrá dormir tanto como desee. Estaré ausente hasta el atardecer, así que ¡duerma bien, y dulces sueños!

Con una cortés inclinación, él mismo me abrió la puerta que comunicaba con el cuarto octogonal, y entró en mi dormitorio.

Estoy desconcertado. Dudo, temo, pienso cosas extrañas, y yo mismo no me atrevo a confesarme a mi propia alma. ¡Que Dios me proteja, aunque sólo sea por amor a mis seres queridos!

miércoles, abril 02, 2008

"El Hombre Invisible", de H. G. Wells

Capítulo XXII. En los grandes almacenes.

Así fue cómo el mes de enero pasado, cuando empezaba a caer la nieve, ¡y si me hubiera caído encima, me habría delatado!, agotado, helado, dolorido, tremendamente desgraciado, y todavía a medio convencer de mi propia invisibilidad, empecé esta nueva vida con la que me he comprometido. No tenía ningún sitio donde ir, ningún recurso, y nadie en el mundo en quien confiar. Revelar mi secreto significaba delatarme, convertirme en un espectáculo para la gente, en una rareza humana. Sin embargo, estuve tentado de acercarme a cualquier persona que pasara por la calle y ponerme a su merced, pero veía claramente el terror y la crueldad que despertaría cualquier explicación por parte mía. No tracé ningún plan mientras estuve en la calle. Sólo quería resguardarme de la nieve, abrigarme y calentarme. Entonces podría pensar en algo, aunque, incluso para mí, hombre invisible, todas las casas de Londres, en fila, estaban bien cerradas, atrancadas y con los cerrojos corridos. Sólo veía una cosa clara: tendría que pasar la noche bajo la fría nieve; pero se me ocurrió una idea brillante. Di la vuelta por una de las calles que van desde Gower Street a Tottenham Court Road, y me encontré con que estaba delante de Omnium, un establecimiento donde se puede comprar de todo. Imagino que conoces ese lugar. Venden carne, ultramarinos, ropa de cama, muebles, trajes, cuadros al óleo, de todo. Es más una serie de tiendas que una tienda. Pensé encontrar las puertas abiertas, pero estaban cerradas.

Mientras estaba delante de aquella puerta, grande, se paró un carruaje, y salió un hombre de uniforme, que llevaba la palabra "Omnium" grabada en la gorra. El hombre abrió la puerta. Conseguí entrar y empecé a recorrer la tienda. Entré en una sección en la que vendían cintas, guantes, calcetines y cosas de ese estilo y de allí pasé a otra sala mucho más grande, que estaba dedicada a cestos de picnic y muebles de mimbre. Sin embargo, no me sentía seguro. Había mucha gente que iba de un lado para otro. Estuve merodeando inquieto hasta que llegué a una sección muy grande, que estaba en el piso superior. Había montones y montones de camas y un poco más allá un sitio con todos los colchones enrollados, unos encima de otros. Ya habían encendido las luces y se estaba muy caliente. Por tanto, decidí quedarme donde estaba, observando con precaución a dos o tres clientes y empleados, hasta que llegara el momento de cerrar. Después, pensé, podría robar algo de comida y ropas y, disfrazado, merodear un poco por allí para examinar todo lo que tenía a mi alcance y, quizá, dormir en alguna cama. Me pareció un plan aceptable. Mi idea era la de procurarme algo de ropa para tener una apariencia aceptable, aunque iba a tener que ir prácticamente embozado; conseguir dinero y después recobrar mis libros y mi paquete, alquilar una habitación en algún sitio y, una vez allí, pensar en algo que me permitiera disfrutar de las ventajas que, como hombre invisible, tenía sobre el resto de los hombres.

Pronto llegó la hora de cerrar; no había pasado una hora desde que me subí a los colchones, cuando vi cómo bajaban las persianas de los escaparates y cómo todos los clientes se dirigían hacia la puerta. Acto seguido, un animado grupo de jóvenes empezó a ordenar, con una diligencia increíble, todos los objetos. A medida que el sitio se iba quedando vacío, dejé mi escondite y empecé a merodear, con precaución, por las secciones menos solitarias de la tienda. Me quedé sorprendido, al ver la rapidez con la que aquellos hombres y mujeres guardaban todos los objetos que se habían expuesto durante el día. Las cajas, las telas, las cintas, las cajas de dulces de la sección de alimentación, las muestras de esto y de aquello, absolutamente todo, se colocaba, se doblaba, se metía en cajas, y a lo que no se podía guardar, le echaban una sábana por en cima. Por último, colocaron todas las sillas encima de los mostradores, despejando el suelo. Después de terminar su tarea, cada uno de aquellos jóvenes, se dirigía a la salida con una expresión de alegría en el rostro, como nunca antes había visto en ningún empleado de ninguna tienda. Después aparecieron varios muchachos echando serrín y provistos de cubos y de escobas. Tuve que echarme a un lado para no interponerme en su camino, y, aun así, me echaron serrín en un tobillo. Durante un buen rato, mientras deambulaba por las distintas secciones, con las sábanas cubriéndolo todo y a oscuras, oía el ruido de las escobas. Y, finalmente, una hora después, o quizá un poco más, de que cerraran, pude oír cómo echaban la llave.

El lugar se quedó en silencio. Yo me vi caminando entre la enorme complejidad de tiendas, galerías y escaparates. Estaba completamente solo. Todo estaba muy tranquilo. Recuerdo que, al pasar cerca de la entrada que daba a Tottenham Court Road, escuché las pisadas de los peatones. Me dirigí primero al lugar donde se vendían calcetines y guantes. Estaba a oscuras; tardé un poco en encontrar cerillas, pero finalmente las encontré en el cajón de la caja registradora. Después tenía que conseguir una vela. Tuve que desenvolver varios paquetes y abrir numerosas cajas y cajones, pero al final pude encontrar lo que buscaba. En la etiqueta de una caja decía: calzoncillos y camisetas de lana; después tenía que conseguir unos calcetines, gordos y cómodos; luego me dirigí a la sección de ropa y me puse unos pantalones, una chaqueta, un abrigo y un sombrero bastante flexible, una especie de sombrero de clérigo, con el ala inclinada hacia abajo. Entonces, empecé a sentirme de nuevo como un ser humano; y en seguida pensé en la comida. Arriba había una cafetería, donde pude comer un poco de carne fría. Todavía quedaba un poco de café en la cafetera, así que encendí el gas y lo volví a calentar. Con esto me quedé bastante bien. A continuación, mientras buscaba mantas (al final, tuve que conformarme con un montón de edredones), llegué a la sección de alimentación, donde encontré chocolate y fruta escarchada, más de lo que podía comer, y vino blanco de Borgoña. Al lado de ésta, estaba la sección de juguetes, y se me ocurrió una idea genial. Encontré unas narices artificiales, sabes, de esas de mentira, y pensé también en unas gafas negras. Pero los grandes almacenes no tenían sección de óptica. Además tuve dificultades con la nariz; pensé, incluso, en pintármela. Al estar allí, me había hecho pensar en pelucas, máscaras y cosas por el estilo. Por último, me dormí entre un montón de edredones, donde estaba muy cómodo y caliente. Los últimos pensamientos que tuve, antes de dormirme, fueron los más agradables que había tenido desde que sufrí la transformación.

miércoles, marzo 05, 2008

"A Sangre Fría", de Truman Capote

Capítulo III - Respuesta

- Bueno, pues cuando vimos que no podíamos encontrar la caja fuerte, Dick apagó la linterna y a oscuras salimos del despacho y entramos en una sala de estar. Dick me susurró si no podía andar con más suavidad. Pero a él le pasaba lo mismo. Cada paso que dábamos hacía un ruido horrible. Llegamos a un pasillo y a una puerta. Dick, recordando el plano, dijo que era la de un dormitorio. Encendió la linterna y abrió la puerta. Un hombre dijo: «¿Cariño?» Estaba durmiendo, parpadeó y preguntó otra vez: «¿Eres tú, cariño?» Dick le preguntó: «¿Es usted el señor Clutter?» Se despertó del todo, se incorporó y dijo: «¿Quién es? ¿Qué quiere?» Dick le contestó muy cortésmente, como si fuéramos un par de vendedores a domicilio: «Queremos hablar con usted, señor. En su despacho, si no le importa.» Y el señor Clutter, descalzo con sólo el pijama puesto, vino con nosotros al despacho y encendimos las luces.

» Hasta entonces no había podido vernos muy bien. Creo que lo que vio le produjo una impresión fuerte. Dick va y le dice: “Ahora, señor, sólo queremos que nos enseñe dónde tiene la caja fuerte.” Pero el señor Clutter le contesta: “¿Qué caja fuerte?” Nos dice que no tiene ninguna caja fuerte. Supe inmediatamente que era verdad. Tenía esa clase de cara. En seguida te das cuenta de que dijera lo que dijera, sería siempre la verdad. Pero Dick le gritó: “¡No me mientas, hijo de perra! Sé puñeteramente bien, que tienes una caja fuerte.” La impresión que tuve fue que nunca le habían hablado así al señor Clutter. Pero él miró a Dick directamente a los ojos y le dijo con mucha suavidad... le dijo... bueno, que lo sentía pero que nunca había tenido una caja fuerte. Dick entonces le golpeó el pecho con el cuchillo gritando: “Dinos dónde la tienes o lo vas a sentir, de veras.” Pero el señor Clutter, ¡oh!, se daba uno cuenta de que estaba aterrado aunque su voz seguía siendo tranquila y firme. Siguió negando que tuviera ninguna.

» Fue en uno de aquellos momentos cuando arreglé lo del teléfono. El que había en el despacho. Le corté los cables. Y le pregunté al señor Clutter si había otro en la cocina. Así que cogí mi linterna y me fui a la cocina, que estaba muy lejos del despacho. Cuando encontré el teléfono, descolgué el auricular y corté la línea con unos alicates. Luego, cuando volvía oí un ruido. Un crujido arriba. Me detuve al pie de las escaleras. Estaba oscuro y no me atreví a usar la linterna. Pero vi que había alguien allí. Al final de las escaleras, destacándose contra la ventana. Una sombra. Luego desapareció.

Dewey se imagina que debió de ser Nancy. En teoría había supuesto muchas veces, basándose en el hallazgo de su reloj de oro en el fondo de un zapato encerrado en el armario, que Nancy había despertado, había oído gente en la casa y pensando que podían ser ladrones había escondido prudentemente el reloj, su más valiosa propiedad.

- En mi opinión podía ser alguien con un fusil. Pero Dick no quería escucharme. Estaba muy ocupado haciéndose el duro. Mandando al señor Clutter de un lado a otro. Lo había llevado otra vez al dormitorio y se entretenía en contar el dinero que llevaba el señor Clutter en su billetero. Había unos treinta dólares. Arrojó el billetero sobre la cama y dijo: «Tiene más dinero en casa, estoy seguro. Un hombre así de rico. Que vive en semejante casa.» El señor Clutter le dijo que aquél era todo el dinero que tenía y le explicó que siempre pagaba con cheques. Ofreció firmarnos un cheque. Dick estalló de rabia: «¿Es que nos toma por retrasados mentales?» Yo creí que Dick lo iba a golpear. Entonces dije: «Oye, Dick. Hay alguien despierto arriba.» El señor Clutter nos dijo que arriba sólo estaba su mujer, su hijo y su hija. Dick quiso saber si su mujer tendría dinero y el señor Clutter le contestó que si tenía algo sería muy poco, unos dólares, y nos pidió, de veras, casi desesperadamente, que no la molestáramos porque estaba enferma desde hacía mucho tiempo. Pero Dick insistió en que quería subir. Hizo que el señor Clutter pasara delante.

» Al pie de la escalera, el señor Clutter encendió las luces del pasillo de arriba y mientras subíamos dijo: “No comprendo por qué hacéis esto. Yo jamás os hice daño. Ni siquiera os he visto nunca.” Entonces fue cuando Dick le dijo: “¡A callar! Cuando queramos que hable, se lo diremos.” En el pasillo de arriba no había nadie y todas las puertas estaban cerradas. El señor Clutter señaló las habitaciones donde el hijo y la hija dormían y luego abrió la puerta de la habitación de su esposa. Encendió la lamparita que había visto junto a la cama y le dijo: “No tengas miedo, cariño. Todo va bien. Estos hombres sólo quieren dinero.” Era una mujer delgada, frágil, con un camisón blanco. En el instante en que abrió los ojos comenzó a llorar.

martes, febrero 05, 2008

"La Insoportable Levedad del Ser", de Milan Kundera

Sintió en su boca el suave olor de la fiebre y lo aspiro como si quisiera llenarse de las intimidades de su cuerpo. Y en ese momento se imaginó que ya llevaba muchos años en su casa y que se estaba muriendo. De pronto tuvo la clara sensación que no podría sobrevivir a la muerte de ella. Se acostaría a su lado y querría morir con ella. Conmovido por esa imagen hundió en ese momento la cara en la almohada junto a la cabeza de ella y permaneció así durante mucho tiempo.

Ahora estaba junto a la ventana e invocaba ese momento. ¿Qué podía ser sino el amor que había llegado de ese modo para que él lo reconociese?

Pero ¿era amor? La sensación de que quería morir junto a ella era evidentemente desproporcionada: ¡era la segunda vez que la veía en la vida! ¿No se trataba más bien de la histeria de un hombre que en lo más profundo de su alma ha tomado conciencia de su incapacidad de amar y que por eso mismo empieza a fingir amor ante sí mismo? ¡Y su subconsciente era tan cobarde que había elegido para esa comedia precisamente a una pobre camarera de una ciudad perdida, que no tenía prácticamente la menor posibilidad de entrar a formar parte de su vida!

Miraba a través del patio la sucia pared y se daba cuenta de que no sabia si se trataba de histeria o de amor.

Y le dio pena que en una situación como aquella, en la que un hombre de verdad sería capaz de tomar inmediatamente una decisión, él dudase, privando así de su significado al momento mas hermoso que había vivido jamás (estaba arrodillado junto a su cama y pensaba que no podría sobrevivir a su muerte).

Se enfadó consigo mismo, pero luego se le ocurrió que en realidad era bastante natural que no supiera que quería: El hombre nunca puede saber que debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores.

No existe posibilidad alguna de comprobar cual de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero que valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni un boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro.

"Einmal ist keinmal". Lo que solo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre solo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.

martes, enero 08, 2008

"¿Qué es la mafia?", de Gaetano Mosca

El sentimiento o mejor el espíritu mafioso puede ser descrito en pocas palabras: consiste en reputar signo de debilidad o cobardía el recurrir a la justicia oficial, a la policía y a la magistratura para pedir reparación de los daños - o, más bien, de ciertos daños - padecidos.

De modo tal que, mientras regularmente se admite, aun por parte de quienes actúan conforme a las normas del espíritu mafiosos, que se puede denunciar ante la justicia el robo menor, la estafa, el rufianismo y, en general, todos los delitos en los cuales el autor se vale exclusivamente de la astucia y el engaño y no presume de ejercer violencia y de tener fuerza y mayor valor que la víctima, esto se hallaría vedado por un falso sentimiento de honor o dignidad personal cuando el delito reviste el carácter de una imposición abierta y descarada, de un daño que el reo pretende hacer específicamente a un individuo determinado, al cual quiere hacer sentir su propia superioridad y con el cual no cuida de estar en buenas relaciones porque no teme su enemistad y rencor.

jueves, diciembre 20, 2007

"Woody Allen por sí mismo", de Richard Schickel

Los gángsters siempre me han interesado, y la gente no me asocia con ellos debido a la imagen con la que suelo aparecer en la pantalla. Me consideran más intelectual de lo que realmente soy, porque llevo estas gafas y porque soy de complexión menuda. Pero lo cierto es que provengo de las calles de Brooklyn.

No soy una persona educada, es decir, no llegué más allá del primer curso en la universidad. Usted ya sabe, mi padre era un taxista o un buscavidas del billar. Era el encargado de una sala de billar. Trabajó durante un tiempo para Albert Anastasia como corredor de apuestas en Saratoga. De manera que siempre estuve interesado en eso y los gángsters me llaman poderosamente la atención.

martes, noviembre 06, 2007

"Obras Completas", de Sigmund Freud

Volumen XXI - El porvenir de una ilusión, el malestar en la cultura y otras obras.

Sobre la sexualidad femenina (primera parte).

En la fase del complejo de Edipo normal encontramos al niño tiernamente prendado del progenitor de sexo contrario, mientras que en la relación con el de igual sexo prevalece la hostilidad. En el caso del varoncito la madre fue su primer objeto de amor. En la niña pequeña también la madre fue, por cierto, su primer objeto; ¿cómo halla entonces el camino hasta el padre? ¿Cómo, cuándo y por qué se desase de la madre? La tarea de resignar la zona genital originariamente rectora, el clítoris, por una nueva, la vagina, complica el desarrollo de la sexualidad femenina. Ahora se nos aparece una segunda mudanza de esa índole, el trueque del objeto-madre originario por el padre.

Dos hechos me llamaron sobre todo la atención. He aquí el primero: toda vez que existía una ligazón-padre particularmente intensa, había sido precedida, según el testimonio del análisis, por una fase de ligazón-madre exclusiva de igual intensidad y apasionamiento.

El segundo hecho enseñaba que habíamos subestimado también la duración de esa ligazón-madre. Más aún: era preciso admitir la posibilidad de que cierto número de personas del sexo femenino permanecieran atascadas en la ligazón-madre originaria y nunca produjeran una vuelta cabal hacia el varón.

Parece necesario privar de su carácter universal al enunciado según el cual el complejo de Edipo es el núcleo de la neurosis. De hecho, en el curso de esa fase el padre no es para la niña mucho más que un rival fastidioso, aunque la hostilidad hacia él nunca alcanza la altura característica para el varoncito. Hace mucho que hemos resignado toda expectativa de hallar un paralelismo uniforme entre el desarrollo sexual masculino y el femenino.

La primera ligazón-madre parece como si hubiera sucumbido a una represión particularmente despiadada.